
Nunca voy a olvidar una escena que coprotagonicé cuando una amiga española de mi suegra, luego de haber cenado en familia en un restaurante, y al verme de cuerpo entero gritaba de vereda a vereda (o acera a acera, calle de por medio, bah):
pero qué gorda eres!! qué gorda eres!! por dios!! es que eres muy gorda!!! pero mirate....es que eres tan gorda, hija!!!
Este delicioso episodio se daba a continuación de haberme hablado a la salida y delante del resto, de todos los problemas de salud que podría tener y de mi muerte eminente en una mesa de cirugía debido a hemorragias imposibles de parar por causa de mis capas y capas de grasa.
No supe detenerla, no supe ponerle freno. Me quedé alelada, sonriendo apenas, asintiendo sin mirarla, ni a ella ni a nadie.
Es claro, mi adicción a la comida es visible, la suya al alcohol sólo la ven los que la conocen, porque si ves una mujer borracha no tienes porque suponer q es algo cotidiano y que desayuna con vodka.
¿Sangro por la herida? pues sí, no sé si alguna otra vez sentí tanta humillación en mi vida. Quise que me tragara la tierra. Mi verguenza era absoluta y generaba una gran carga de angustia.
Ya no quiero desaparecer, ahora quiero que nunca más nadie pueda hacerme sentir así en relación a mi obesidad. No puedo ponerme un escudo del medioevo pero si puedo estar más protegida de lo que he estado por algunos años.
La grasa me expone, y me coloca en un lugar desagradable para mí.
Voy por buen camino, y por buenas razones. Que hay muchas más importantes que esta anécdota boba y negra que acabo de contar.
Gracias por la oreja.